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¿Existe un amor después de la vida? (Parte I)

Cindy N., maestra en educación, docente de profesión, madre y ahora colaboradora en The blank letter, nos comparte la primera parte de una novela de seis capítulos.

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Jamás imaginé que después de verlo fijamente a los ojos podría quedar paralizada, el no pensar en otra cosa más que en su mirada, sus manos deslizándose suavemente por mi cuerpo, sentía cada parte de mi piel erizándose como nunca. Solo era cuestión de centímetros para estar cerca de sus labios carnoso y perfectos, los veía tan cerca que podría pensarse que estaban tocando los míos. Sus brazos comenzaron a rodear mi cintura y de pronto, ya tenía su boca en el costado derecho pegado a mi oído; un susurro delicado erizó aún más mi piel, mi cuerpo se estaba debilitando desde la punta de la cabeza hasta la punta de los pies.

Cerré mi ojos para escuchar claramente, un suspiro emergió de mi inconsciente y fue entonces cuando la palabra “¡regresa!” se escuchó. Mis ojos se abrieron al instante, eran enormes, los podía sentir, todo había terminado. Mi Jack no estaba ahí, era solo una sensación, un sueño tan real que podría pensarse que no era un sueño.

Entonces giré mi rostro desencajado y me observé en el espejo, estaba ahí parada —sin él— solo una habitación vacía, una cama sin destender por dos noches y un silencio aterrador que me indicaba que estaba sola.

Me observé fijamente, mi cabello estaba recogido y un mechón caía por mi oreja derecha, el collar de perlas color rosado que me acompañaba era el que Jack me había obsequiado la noche de nuestro ensayo de boda hace ya tres años. Un vestido entallado negro y un suéter de casimir me acompañaban, los tacones —no tan altos— que llevaba me estaba matando, no podía faltar el brazalete con los charms que fuimos juntando durante nuestra luna de miel. Era todo tan vacío que estaba sola en esa habitación tan perfecta y llena de luz que hoy solo deslumbraba un silencio notorio.

Me di cuenta que Jack no volvería a casa. Yo había llegado del funeral del amor de mi vida, el hombre que me juro, me prometió jamás dejarme sola, siempre estar ahí conmigo, pero esa promesa se había terminado “se había ido, me dejo sola” mi cabeza me repetía eso una y otra vez. Yo solo sentí una gota rodar por mi mejilla, después vinieron más. Me desvanecí en la orilla de mi banca del tocador y sollocé sin saber que pasaría ahora que seguía después de esto.

Al instante que me cuestionaba en voz media al silencio entró mi padre, corrió a recogerme y abrazándome me llevó a la cama, me sentó a su lado como cuando era pequeña y solo me dijo —Mi pequeña Jane, no llores, esto pasara y si no es hoy seguro que mañana lo conseguiremos. Esa frase siempre la utilizaba mi bello padre cuando era tan pequeña y sufría por no haber conseguido que Ikara, mi amiga, me perdonara por la galleta que le rechace o por las noches de bingo que mi abuela me ganaba y perdía parte de mis ahorros o por no haber conseguido el lugar en el equipo de porristas que tanto soñaba en la preparatoria. Pero eran banalidades comparadas con la pérdida de mi esposo, mi amado esposo.

La luz que entraba por la orilla de la cortina me despertó, lleve mi mano a mi rostro para cubrirme y poder abrir los ojos. Me incorporé, me levanté rápidamente y estaba ahí sentado junto a la ventana como todas las mañanas, con sus shorts de ejercicio, su playera mojada de sudor muy matutino que ya recorría su marcado abdomen después de haber salido a correr como todas las mañanas. Girando lentamente me dedicó una sonrisa delicada poco usual, en ese momento me desencajé pues sabía que Jack no estaba ahí, que era una ilusión. Lo miré atónita, él hizo lo mismo, como si le sorprendiera mi mirada, solo asintió con la cabeza y me dijo —buenos días mi amor. Quedé perpleja, un frío me caló hasta lo más profundo de mi ser, me estremecí tanto que me perdí solo asentí con la cabeza, escuche su caminar a la par que me decía —tomaré la ducha te veo en un momento, traje jugo fresco y el café estará listo.

Cuando lo vi desaparecer en la marquesina de la puerta del baño, me levanté rápidamente, me tallé los ojos, sujeté mi cabello con la cinta que solía dejar en la mesa de noche, coloqué mi bata y me fui al baño; no escuché nada, la regadera no estaba encendida, el baño estaba vacío. Volví a la habitación aún desencajada, había sido tan real la conversación, la presencia de Jack, que sentí por un momento que era cierto.

Me cepillé los dientes y decidí bajar, quizá mis padres estarían esperando para desayunar y saber cuáles serían ahora mis planes, después de la partida tan repentina de Jack. Comencé a bajar las escaleras y noté un silencio en la casa, no había nadie, no estaba papá ni mamá; me dispuse a salir hacia la terraza trasera con la idea de que quizás estarían ahí y cuando estaba por cruzar la marquesina del cuarto de televisión que separa a la terraza escuché de la cocina una alarma, me quedé atenta al ruido en mi mente apareció ese sonido y dije —¿es la cafetera?. Fui directo hacia la cocina y efectivamente, era la cafetera, estaba listo el café, al apagarla giré a la barra y ahí, justo ahí, estaban los jugos de naranja que Jack había mencionado hace unos instantes cuando desperté, el frío que sentí cuando lo vi en la habitación me recorrió con más fuerza y empecé a sentir lo que nunca había experimentado en esa casa: miedo.

Fui directo a la terraza para buscar a mis padres quizás ellos habían traído los jugos y puesto el café, pero ellos no estaban ahí, el único pensamiento que corrió por mi mente fue —Dios mío, ¿qué está pasando, que me está pasando? ¿estoy aún dormida?. Me pellizqué para saber la respuesta, era lógico que no, pues me dolió, estaba ahí en la terraza sin saber que hacer, —Amor ¿estás bien?…

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