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¿Existe el American Dream?

Marisol, una periodista mexicana con 9 años de experiencia, dejó su vida en la CDMX sin imaginarse que sería una decisión que cambiaría su vida.

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Decidí mudarme a Estados Unidos y al decir “decidir” creo que reaccioné antes de premeditar una decisión que cambiaría mi percepción de vida.

La reacción vino luego de haber estado encerrada en un cuarto durante más de una hora con tres oficiales de migración que me cuestionaban la razón por la cual a lo largo de los años había decidido apostar por mi ciudadanía mexicana sobre la norteamericana. “La gente ‘como tú’ esta en línea por una de estas tarjetas, ¿sabías?”, “No nos importa tu trabajo, nos interesa la ley”, “Tienes una entrada más para mudarte o vas a tener que ir a la corte a renunciar a tu residencia, aplicar a una Visa de turista, y eso si es que esa decisión no es tomada como una traición a la nación”, “Qué curioso que eres periodista en el País que los mata a diario”. Y pues ya entrados en confianza… ¿qué podría salir mal? Si sobreviví durante 8 años a la ciudad con más contrastes del mundo (CDMX), si había vivido en Nueva York y Miami, no había razón por la cual no me arriesgara a adaptarme a otro lugar.

¿Por qué California?

Porque es el estado donde está pasando todo, la Florencia del Renacimiento, la Constantinopla de nuestro tiempo, es el lugar donde están las compañías con economías más fuertes y en donde todo parece operar perfectamente, como todos esperamos de “America the Great”, tiene un sistema de salud impresionante, escuelas públicas con mejores instalaciones que el mismísimo TEC de Monterrey y unos atardeceres como ningún otro lugar. Sobre todo si hablamos del Norte de este estado, específicamente de San Francisco o bien, “The Bay Area”, lugar en el que elegí vivir.

No todo lo que brilla es oro

La vida en Estados Unidos no es como la pintan, especialmente en una ciudad como San Francisco, una ciudad que se jacta de ser abierta pero que está más segmentado que una base de clientes en redes sociales. Aquí no es como en Nueva York en donde las diferentes culturas son apreciadas y mezcladas, tampoco como en Miami en el que el orgullo latino se respira en cada esquina o Los Ángeles donde se siente el power mexicano. Aquí, las diferentes razas permanecen en grupos y se mezclan lo más poco posible.

A veces me parece tan curioso ver cómo entre nuestro mismo grupo de mexicanos “insistimos en dividirnos”. “Sorry, I don’t speak spanish, I’m a second generation Mexican-American”. Y pues….¡sí, tienen razón! no puedo negar lo molesto que me parecía los primeros meses, ¡Qué más les daba hablarme en español, si me entendían perfectamente! Pero hoy entiendo que su respuesta proviene de años de micro agresiones en un entorno en donde eres etiquetado todos los días por tu acento, color de piel y “ethinicity”. Para los gringos todo aquel de piel morena es: latino y por latino creen que todos somos mexicanos. (Pobres de los centroamericanos que cargan con el paquete de todos nuestros aciertos y desaciertos jajaja). Me fue difícil entenderlo porque crecí en un País en el que la mayoría somos mestizos, en el que soy morena como todos los demás y por ende aceptada entre los míos.

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Si no puedes con el enemigo, ríete con él

Se ha convertido en mi lema de todos los días, sobre todo en mi último trabajo. Aún sigo en la búsqueda de aquel ideal en el que me desarrollé durante 9 años pero mientras eso pasa y paso los 20 mil filtros, decidí trabajar de medio tiempo en una tienda de ropa deportiva “bien famosilla”. En fin, cada día es una aventura nueva en la que conforme pasa el tiempo, pongo a prueba mi aceptación cultural y la de mis compañeras de trabajo. Luego de dos meses trabajando ahí, solo tres de 25 se han atrevido a preguntarme por curiosidad qué es lo que hago aquí, qué razón fue la que me hizo preferir estar doblando ropa en vez de entrevistando celebridades o canjeando en eventos. La razón es simple; trabajo es trabajo, y para justos, en eso sí, America the Great se pinta solo.

Volviendo al punto, me parece sorprendente lo muy ajeno que ven el racismo en este estado cuando me desenvuelvo en un ambiente laboral de 25 empleados en los que las únicas de otra “raza” somos yo, otra mexicana y una americana cuya ethnicity es india pero que son consideradas diferentes a pesar de haber nacido y crecido aquí. He perfeccionado mis técnicas de trapear, limpiar vidrios, doblar y colgar ropa más de lo que aprendí en mi casa, por la única y sencilla razón que a nadie se le pide más que a mi y a la chavita de ascendencia india.

Es tan curioso cómo para los turnos nocturnos, de madrugada o con el trabajo más pesado siempre “cuentan con nosotros ‘las minorías’”, la misma manager que se sorprende porque puedo atender a un cliente en francés, es la misma que cree que en mi tiempo libre puedo irle a ordenar su ensalada al restaurante de junto. Así funcionan las cosas aquí y me doy cuenta que las minorías son el motor de este País. Consciente de cualquier etiqueta me esfuerzo a diario por hacer mi trabajo con una sonrisa y lo más impecable posible porque esa es mi única manera de validar el esfuerzo generacional que ha vivido cada mexicano que ha cruzado la frontera. Claro que agrego un poco de humor cuando bromeo con mis compañeras y les digo; “Nombre ni se molesten en doblar, dejen que la latina lo haga, soy una dobladora de ropa innata” o “se los digo desde ahorita voy a ser la reina del *Customer Service*”.

Hoy más que nunca respeto a las personas que corren el riesgo de perder su vida con tal de darle una mejor vida a su familia cruzando la frontera, de trabajar en tres o cuatro diferentes trabajos con un salario por debajo del mínimo porque no tienen papeles, de vivir aquí en espacios con pocos pies cuadrados con rentas mensuales que van de los 2,500 a los 4,000 dólares, que sobreviven diario a base de McTríos de 7 dólares en una ciudad donde, si eres legal, por el simple hecho de ser homeless puedes ganar 700 dólares mensuales, más estampas para comida, más 200 dólares extra si tienes un perro.

La realidad es una: los trabajos más pesados los hacemos la comunidad latina, sin importar si eres legal o ilegal en un entorno en donde un sandwich cuesta 13 dólares y una ensalada en Whole Foods hasta 18 (si te pasas de brócoli que pesa más). Todos los días antes de dormir pienso en todas esas personas que además de luchar a diario con una cultura ajena y que te apunta con el dedo, se esfuerzan por sobrevivir y mandar dinero a México para apoyar a sus familias. Mi admiración y respeto por cada uno de ellos y entre tanto impuesto, etiqueta y agresión me pregunto, ¿existe realmente el Sueño Americano?

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