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La gran lección de un concierto japonés, y cómo aplicarla a tu día a día

Cuando mi amiga Rocío fue a Japón, vivió una de las experiencias más extraordinarias de su vida: fue a un concierto.

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Cuando mi amiga Rocío fue a Japón, vivió una de las experiencias más extraordinarias de su vida: fue a un concierto.

A ver, aclaro que es una de las personas que conozco que más sabe de música, y ha ido a cientos de conciertos y festivales en su vida de grupos buenísimos. Fue a ver a un tal Stephen Malkmus (canta indie-rock).

Ahora imagínate:

El tío cantando a voz en grito, medio borracho y/o con ‘sustancias’ recorriendo cada centímetro de sus venas, dando saltos, volteretas y piruetas en el escenario. Dándolo literalmente TODO.

Y un público de cientos de japoneses en silencio. Absoluto silencio.

Mirando, de pie, sin moverse.

Silencio.

Si el cantante se hubiera callado hubiera podido oir al mosquito japonés que revoloteaba por la 6ª fila. Dos horas de concierto de plantón y en silencio.

Cuenta que de vez en cuando se escuchaba algún gritito ahogado en algún lugar del inmenso salón. Alguien que no había podido contener más su emoción al escuchar aquella música. Ritmo puro.

Ritmo que pedía sonrisas, saltos, aplausos, baile desenfrenado. Pero los japoneses no. Ellos en silencio.

Hace tiempo que leo expertos en felicidad y autocontrol.

Muchos son budistas y defienden que nada es bueno o malo. Todo ‘es’ y punto. Y no sirve de nada emocionarse, llorar, entristecerse o alegrarse por lo que te ocurre.

La cultura japonesa es una pasada y tiene muchas tradiciones admirables. Entre ellas es una cultura que les enseña desde muy niños a controlarse.

Niños con absoluto autocontrol. Niños que meditan mejor que tú y que yo. Conscientes de lo que piensan y sienten, concienciados de que no vale la pena alegrarse ni entristecerse.

Conscientes hasta el punto de ser capaces de hacer desaparecer una migraña en cuestión de media hora (Miho, una japonesa amiga de mi madre lo hace).

Pero Japón es uno de los países con mayor índice de suicidios. Con mayor número de personas, seres humanos, que sienten que su vida no vale la pena. Vivir para ellos es neutro, y ‘neutro’ para nuestra cultura es casi ‘vacío’. Y si no me crees, lee a Murakami.

¿Quiero decir con esto que su religión o su cultura son malas?

No. Tal y como ellos piensan, nada es bueno o malo. Todo ‘es lo que es’ y punto, y cada uno lo vive a su manera. Ahí está el secreto.

Encuentra la manera de vivir con la que te sientas más vivo, y siéntete libre de escoger la actitud que prefieras para ser tu mejor versión.

Si te tuviera que decir yo cómo ‘sentirte’ más, cómo ‘ser más’, te diría:

Vívelo todo al máximo.

Ríe a carcajadas, escucha tu risa; llora a mares cuando lo necesites, y nota cómo se desliza cada lágrima. SIENTE.

Siente la vida y disfrútala. Hasta donde sabemos, tu vida será única y no volverás a vivirla. Cada instante se va para no volver.

Emociónate.

Percibe cómo suben tus revoluciones, cómo afloran tus nervios, cómo se te encoge el corazón, cómo se crea ese vacío en tu estómago.

En serio: SIENTE.

Y te voy a demostrar por qué sentir es mucho mejor que anular con lo que ocurre cuando meditas:

Las primeras veces que te sientas a meditar (y durante muchas prácticas) notas cada ligero picorcito en tu piel; y es solo cuando te concentras al máximo en dónde está, de dónde viene, lo que hay alrededor; es cuando visualizas el músculo o el nervio que te lo produce y casi eres capaz de tocar dentro de tu piel, solo entonces, es cuando desaparece.

Meditar no tiene porqué ser anular tus sentimientos, ni dejar ir algo que te molesta. Quizá tiene más que ver con sentirlo hasta lo más profundo de tu ser, y cuando ya no queda más que sentir, se va solo.

Siente la vida: Es triste, amarga, divertida, emocionante, intrigante y retadora…

Siéntela, porque solo será una.

Aprende a controlar lo que sea necesario controlar. Y deja fluir lo que tenga que fluir.

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