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Del odio al amor: Mi historia con la copa menstrual

La copa menstrual llegó a mi vida de manera inesperada. Había leído algo sobre ella e incluso algunas amigas que ya la usaban me hablaban maravillas sobre cómo les había cambiado la vida. Me daba curiosidad pero no me atreví a probarla hasta que, literalmente, llegó a mis manos.

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Llamémosle destino o tal vez suerte, el caso es que un día me regalaron una copa menstrual de mi talla (sí, leíste bien. Hay una para quien ya ha tenido hijos por parto vaginal y otra para quien no) y decidí darle una oportunidad.

Después de consultarlo con mi ginecólogo y resolver todas mis dudas, estaba emocionada por todo lo que prometía: no más “bajones” de esos que te hacen correr como pingüino al baño más cercano, bye toallas sanitarias y tampones POR SIEMPRE, no más “sorpresas” en tus calzones, pijama o hasta en las sábanas al despertar, no más aromas desagradables, entre muchos otros beneficios.

Como niña que espera a Santa Claus, contaba los días para que me bajara—por suerte siempre he sido muy regular así que sabía exactamente qué día sucedería. Llegó el gran día, puse a hervir mi copa diez minutos como lo indicaba el instructivo y luego me metí al baño, no sin antes avisarle a mi novio que me tardaría un buen rato y que no quería interrupciones.

Ahí estábamos, mi copa y yo. Mi primer reto era lograr introducirla, porque en el dibujito del aparato reproductor femenino se veía muy fácil, pero lo que nadie me dijo es que por los nervios, mi cuerpo se pondría a la defensiva, los músculos de mi vagina se contraerían y el hecho de ver mis dedos llenos de sangre sería bastante impactante.

Después de unos 30 minutos de intentarlo, me di por vencida y me rendí; pensé que tal vez no era para mí y que si ya había usado toallas sanitarias por 15 años, podría seguir haciéndolo.

Pero también me perturbó darme cuenta que la razón por la que no había podido introducir la copa en mi cuerpo, era que no lo conocía lo suficiente como para relajarme y autoexplorarme hasta lograrlo. Así que decidí que en mi próximo periodo lo volvería a intentar y mientras llegaba, me puse a leer y a ver videos en YouTube de mujeres que habían tenido el mismo problema que yo, pero que siguieron intentando hasta lograrlo.

“Me di cuenta que no conocía mi cuerpo lo suficiente”

Mi menstruación llegó de nuevo, pero esta vez estaba decidida a no salir del baño sin la copa bien puesta… ¡y lo logré! bueno, a medias. El problema ahora fue que no se había expandido lo suficiente, y a las pocas horas me di cuenta que estaba teniendo derrames inesperados. Para eso no hay más que confiar en la infalible fórmula de prueba y error, así poco a poco fui desarrollando una técnica para asegurarme que estaba bien colocada.

No voy a mentir, los primeros meses fueron raros. Tenía miedo de que se saliera así de la nada, de tener un derrame y no tener un baño cerca, o de olvidar quitármela y morir de Síndrome de Shock Tóxico. Pero nada de eso sucedió y sobreviví para contarlo.

Hace unos seis meses que uso la copa menstrual y definitivamente han cambiado muchas cosas en mi vida: duermo cómoda y profundamente, despierto sin derrames, puedo correr y nadar confiada en que nadie notará que estoy en mis días, la comezón y los malos olores quedaron en el pasado.

También me ha ayudado a conocer mejor mi cuerpo y sus procesos, sin mencionar su bajo impacto ecológico, porque sustituye a los cerca de 350 productos de higiene femenina (llámese tampón, toalla o pantiprotector) que la mujer promedio desecha al año.

No pretendo hacer que la uses, más bien te invito a darle una segunda o tercera oportunidad si es que a la primera no te convenció.

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